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Dic
09

ECOS DE LA CELEBRACIÓN DE ORDENACIONES SACERDOTALES EN LA IGLESIA CO-CATEDRAL DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR, DE BELÉN DE ESCOBAR

19 de diciembre 2009

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Iglesia co-catedral de la Natividad del Señor, sábado 19 de diciembre de  2009. Una multitud de fieles provenientes de distintas comunidades de la diócesis llenó la amplia iglesia co-catedral, y el gran salón continuo, desde donde siguió la ceremonia en pantalla gigante. Fueron 57 los sacerdotes que concelebraron la Santa Misa, asistieron 5 diáconos permanentes y los seminaristas del Seminario “San Pedro y San Pablo”.

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El Pbro. Alfredo Antonelli fue nombrado vicario interparroquial de la Natividad del Señor y de San Juan de la Cruz, en Escobar, y el Pbro. Fernando Fusari, vicario  parroquial de Santiago Apóstol, de Baradero.

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HOMILÍA DE MONS. OSCAR SARLINGA EN LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE LOS DIÁCONOS FERNANDO FUSARI Y ALFREDO ANTONELLI.
IGLESIA CO-CATEDRAL DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR BELÉN DE ESCOBAR.

Sábado 19 de diciembre de 2009

(Después de saludar a los vicarios generales, el Rector del Seminario «San Pedro y San Pablo», a los sacerdotes presentes, que en número de 57 acudieron a la ceremonia, a los diáconos permanentes, religiosos, religiosas, seminaristas, autoridades civiles, a los ordenandos y a sus familias, y a todos los fieles congregados, el Sr. Obispo dijo la siguiente homilía)

Queridos hermanos y hermanas:

Con inmensa alegría en el Señor, asistimos a esta ceremonia de ordenación sacerdotal. Estamos aquí congregados, hemos afluido a este templo, como un «río de vida» que viene de la Fuente, Jesucristo. El manantial es su Corazón, ese gran «Río de Vida y Amor», al que hemos consagrado nuestra diócesis, precisamente en esta iglesia co-catedral de la Natividad, el 9 de mayo de este año 2009, ya tan próximo a su fin. Creemos en Cristo, y por eso esperamos que esa agua viva siempre nos vivifique, porque Él ha dicho: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn 7:38; Cf Is 55:1.; 2 Co 5,11-20).

Nos hallamos congregados, como dije, para la ordenación presbiteral de estos dos jóvenes, Alfredo y Fernando.  ¿Cómo se puede querer ser sacerdote –se preguntarán algunos- en estos tiempos?. No pocos son incluso interpelados interiormente por el redespertar vocacional sacerdotal en nuestra diócesis. Todo es obra de la Gracia, y nada es imposible para Dios.

Permitámonos, sin embargo, la pregunta: ¿Por qué están hoy aquí estos jóvenes diáconos, con toda la disposición de su espíritu, para recibir de manos de su Obispo la ordenación presbiteral?. Quieren dedicar su vida al Ministerio sacerdotal. ¿Por qué?. Por entrega al Amor de Cristo. Para profundizar en la respuesta podríamos hacernos eco de unas palabras al respecto que el Papa Pablo VI pronunció en el hoy algo lejano 1971, cuando tuvo ocasión de referirse a la razón por la cual un hombre quiere ofrendarse en la vida sacerdotal, y esa razón vivencial es cristocéntrica:  “Él –Cristo- lo ha enamorado de Sí, al punto de hacer madurar en él el acto de amor más pleno y más grande del cual el corazón humano sea capaz: la oblación total, perpetua, feliz, de sí mismo… Él –el sacerdote- ha tenido el coraje de hacer su vida una ofrenda, propiamente como Jesús, por los otros, por todos, pos nosotros”(1).

Alfredo y Fernando han respondido: “Aquí estamos, Señor”, se lo han respondido, a través de la Iglesia, al Pontífice de nuestra fe. Lo han hecho en una exclamación de Amor manifestado en la entrega de sus vidas, que los hará “(…) embajadores de Cristo y como si Dios hablase por ellos” (Cf 2Cor 6,13-20) con el propósito de asumir siempre los mismos sentimientos de Cristo (Cf Flp 2.5), en un testimonio sacerdotal que dará fruto.

Hace tanta falta el testimonio sacerdotal, tanto, que es lícito que nos preguntemos hoy, los sacerdotes que estamos aquí, acerca de si nuestro testimonio ha entusiasmado a alguien, a los jóvenes, a seguir a Jesús, o bien si hemos sido tibios o incluso, por acción u omisión, hemos dado un mal testimonio. Como el sacerdocio ministerial, más que una simple función, es configuración, como un «sello indeleble» en nuestro propio ser, de la abundancia de cómo lo vivamos, surgirá también nuestro testimonio.

En la ordenación reciben, quienes son así consagrados, el sello en el alma (el «carácter»), dado por el mismo Cristo, quien los signa con un carácter especial y los habilita, de tal manera, al ejercicio de potestades divinas(2). Al mismo tiempo, toda exclamación de Cristo se hace realidad en el sacerdote, tanto la certeza de ser una sola cosa con el Señor, cuanto también el grito del abandono, en el que se hace carne nuestra total entrega.

I. EL «ABANDONO» Y LA CLAVE «QUE SÓLO EL PADRE POSEE»

Como el grito de Amor de Jesús al Padre, que muestra la pureza de corazón del alma humana de Cristo cuando manifiesta los sentimientos de desolación y abandono, cual eco del Salmo 21/22 y también del Salmo 68/69, 22, que reza: “Para mi sed me dieron vinagre”.

Ocurre que en la vida solemos preguntarnos más el «por qué» que el «para qué». Del «abandono» de Cristo sólo el Padre tenía la clave, y esta era el «para qué» de su misión. El Señor Jesús se entregó para que se diera el «Bautismo del fuego del Espíritu» (Cf Lc 12, 49-50). Para ello era lo que más convenía, en el designio del Padre, la Cruz, la sed y el abandono(3).

Dentro de la misión sacerdotal, queridos hermanos e hijos, esto es, como sacerdotes, «tendrán sed», como Jesús. Sabemos que Él es el agua de vida para todo aquel que en él cree(5). Tengo sed”, revela su humanidad. Revela su agonía, en su naturaleza humana, manifestada así en toda su pureza ; revela también su sed por cumplir su misión, para que la alegría cristiana sea por siempre el signo distintivo de los discípulos. Son revelaciones que encontrarán ustedes en el ejercicio del ministerio. Ejérzanlo con gran esperanza, c0n la serenidad de hacer las veces, en su ministerio, de Aquel  «Emmanuel», “Dios-con-nosotros”, que nos vino a liberar para así introducirnos en el camino de la «novedad» de vida (Cf. Rom 6,4), porque Él hace nuevas todas las cosas.

Las condiciones actuales pueden ser difíciles, pero esperanzadoras. Muchas tristes situaciones pueden hacernos clamar, al igual que los israelitas durante el Exilio, “¿Cómo cantar un cántico a Sión en tierra extranjera?“ (Salmo 137,4). Hoy también, los discípulos de Jesús nos preguntamos: ¿Cómo celebrar y proclamar la esperanza y la salvación de Jesús en el mundo en que nos toca vivir?.

Porque, podemos escuchar “sordos ruidos, que anuncian batalla”, a la manera de la canción «El Combate de San Lorenzo»: “Sordos ruidos, oír se dejan de corceles y de aceros…”. Ante esos ruidos, tengamos los mismos sentimientos de Cristo Jesús. En realidad, si Jesús tuvo que probar en su alma humana el sentimiento de verse abandonado por el Padre, no lo estuvo en absoluto.  Él mismo dijo, y vuelve a decírnoslo hoy: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 30).

II. EL BAUTISMO DE FUEGO «PARA LA MISIÓN», PARA «CONSOLAR» AL PUEBLO DE DIOS

Alfredo, Fernando, en un sentido esta celebración los configura para ese Bautismo del fuego del Espíritu. Es «ese» Bautismo donde reciben la misión. La sed de la cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de ese deseo del bautismo que tenía que recibir y de fuego con el cual encender la tierra, manifestado por Él durante su vida. “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (Lc 12, 49-50).

Ahora se va a cumplir ese deseo, y con aquellas palabras Jesús confirma el amor ardiente con que quiso recibir ese supremo “bautismo” para abrirnos a todos nosotros la fuente del agua que sacia y salva verdaderamente (cf. Jn 4, 13-14).

¿Para qué?. Para consolar al pueblo (Cf Is. 40,1) con su ministerio, con la gracia de los siete sacramentos, con el pastoreo, con la dedicación de sus vidas. El mensaje de la carta a los Hebreos subraya que Cristo vino a liberar a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida como esclavos (Cf Hb 2,15), por ello consolar significa liberar, acompañar al pueblo del Señor, compartir sus gozos y esperanzas, sus angustias y dificultades(6), dar aliento y contagiar fortaleza. Quieran siempre, cuiden, estén atentos, con la actitud de María, la Virgen fiel.

III. SACERDOTE RECONCILIADO Y RECONCILIADOR

«Dejarse reconciliar con Dios» es más que un programa de vida, es la base de la vida espiritual (Cf. 2Cor 5,18).

El sacerdote es reconciliador porque ofrece el sacrificio de Cristo. Más que un animador grupal o comunitario, si el sacerdote «anima» (en pureza de términos) a la comunidad que le ha sido confiada, esto resulta porque él es el hombre hecho, ordenado «para la Eucaristía», según el Corazón de Cristo. De allí viene todo el dinamismo que recibe. Como les decía en el inicio del Año Sacerdotal: “Sin Corazón de Cristo no hay dinamismo evangelizador (…) Aunque sea algo que ya sabemos, dejemos entrar en el corazón nuestro, todavía más que en nuestra mente, lo que significa: «Eucaristía, Fuente y Culmen»”(7).

Por eso, por sobre todo, sean santos sacerdotes. Si bien es verdad que la eficacia sustancial del ministerio no depende estrictamente de la santidad del ministro (como sujeto), no podemos olvidar que, como nos lo ha dicho recientemente el Papa Benedicto XVI al presentar como modelo a San Juan María Vianney, la fecundidad sacerdotal derivará de la c0nfluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El método pastoral más primigenio y más eficaz es la santidad de vida, en la total identificación con su ministerio(8).

CONCLUSIÓN

Alfredo, Fernando: sean valientes y no teman, tengan coraje e intrepidez, con humildad, recordando siempre el Salmo 18: Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine… sabiéndose, a la vez, «embajadores» del Príncipe de la Paz, Aquél a quien San Pablo nos presenta como “nuestra Paz” (Ef 2,14). Por causa del egoísmo, la soberbia y la prepotencia, incluso cuando esta última está disfrazada de dulzura, la paz se pone en peligro y hasta se llega a romper; ustedes sean hombres de Paz. No temamos. Si Él es nuestra Paz, nosotros también somos de la Paz. Si queremos ser fieles hijos de Dios y alcanzar el Reino de salvación, hemos de ser “constructores de la paz” (Cf. Mt 5, 9), desarrollar la comunión fraterna, eliminar todo muro de división que pueda existir (Cf. Efe 2,14) y sembrar esperanza, el realismo de la esperanza que no defrauda.

En nuestro Plan Pastoral hemos asumido que para desarrollar nuestro ministerio en fraternidad, hemos de partir de la Eucaristía, que es plenitud(9). Desde esa Eucaristía, nuestra Iglesia Diocesana está brindando su servicio y testimonio para que se haga realidad lo anunciado por el profeta: que Jesús vino a dar la vista a los ciegos, la liberación a los oprimidos y anunciar el Evangelio a los pobres (Cf Lc 4,14-22).  En esta dinámica, los abraza el presbiterio hoy presente, y los espera con inmensa esperanza la porción del Pueblo de Dios que el Obispo les confía.

Con la ayuda de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, la Señora de la Esperanza gozosa y de la Natividad.

Notas:

1.PABLO VI,  Audiencia general del miércoles 13 de octubre de 1971, Ciudad del Vaticano.

2.Cf SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. TH. III, 53, 2.

3.Según los sinópticos, Jesús gritó dos veces desde la cruz (cf. Mt 27, 46. 50; Mc 15, 34. 37); sólo Lucas (23, 46) explica el contenido del segundo grito. En el primero se expresan la profundidad e intensidad del sufrimiento de Jesús, su participación interior, su espíritu de oblación y también quizá la lectura profético-mesiánica que Él hace de su drama sobre la huella de un Salmo bíblico, identificándose con el Mesías Sacerdote esperado.  Juan expresa claramente el clamor de Jesús: “Tengo sed” (Jn 19, 28-30).

4.Jesús había dicho a la mujer Samaritana: ¨Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.¨ (Jn 4:13,14).

5.Cf Jn 19:28; Mc 2:27,28; Jn 5:27, Mt.1:1;  Gal 4:4; ¨Fil 2:8; Jn 1:14; Mt .26:37;  Lc 2:40; Lc 4:2; Id. 8:23.   Aun Resucitado, dijo ¨Miren mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpen y vean; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo¨ (Lc 24:39).

6.Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et Spes, 1.

7.AÑO SACERDOTAL Mensaje de Monseñor Oscar Domingo Sarlinga, obispo de Zárate-Campana con motivo del inicio del Año Sacerdotal convocado por el Santo Padre (18 de junio de 2009)

8.BENEDICTO XVI, Carta del Sumo Pontífice para la convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del «dies natalis» del Santo Cura de Ars, Ciudad del Vaticano, 16 de junio de 2009,  (“Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su “Yo filial”, que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación”).

9.Cf OBISPADO DE ZÁRATE-CAMPANA, «Plan Pastoral diocesano», en http://www.obispadozaratecampana.org/ (“De todo ello, la EUCARISTÍA es la plenitud. El mismo Señor dijo: “Yo soy el pan de la Vida” (Jn 6, 35). Y Eucaristía dice relación estrecha con caridad, vida cristiana efectivamente vivida, en lo personal y como Iglesia. Nuestro Papa Benedicto XVI, en «Sacramentum caritatis», hizo esa relación fundamental (…) con (…) Deus caritas est”. Por esto, la «Sacramentum caritatis», iluminadora para nosotros y nuestro Plan pastoral, posee (…) una visión en la cual “la celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial”)”.

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